19 ago. 2010

Yo estoy embarazada... ¿Y el qué puede hacer?

Todavía hay gente que piensa que durante el primer año de los hijos el padre no tiene mucho que hacer: que sobra durante el embarazo, que no sirve de nada cuando son bebés y que sólo puede jugar un rato con su hijo cuando ya es más mayorcito. Sin embargo los dos primeros años son cruciales en la vida del ser humano, ya que se incorpora la mayor cantidad de información acerca de lo que sucede a su alrededor.

Todavía hay gente que piensa que durante el primer año de los hijos el padre no tiene mucho que hacer: que sobra durante el embarazo, que no sirve de nada cuando son bebés y que sólo puede jugar un rato con su hijo cuando ya es más mayorcito. Sin embargo los dos primeros años son cruciales en la vida del ser humano, ya que se incorpora la mayor cantidad de información acerca de lo que sucede a su alrededor.

Cuando un niño nace, poco tiene que ver con nosotros, no habla nuestro idioma, no viste, ni come, ni es como nosotros, parece que sea "una especie de marcianito". Sin embargo a los dos años de nacer ya es un humano más: se comunica, habla el idioma de su entorno, camina, come en la mesa, etc. Cualquiera que ha estado en el extranjero sabe que dos años después de llegar a algún sitio uno sigue siendo tan extranjero como antes, en cambio los bebés se integran de inmediato. Esto nos da una idea de lo que sucede en el interior del bebé, de su espectacular capacidad de aprendizaje, de adaptación y de comunicación con su entorno.

La riqueza del entorno es fundamental. El universo del bebé es lo que sucede cerca de él, y si el padre no está por ahí, no figurará entre sus adquisiciones tempranas. El niño perderá la oportunidad de tener en sus matrices originales la presencia del padre (las que graba en los primeros días e incluso en las últimas semanas de su vida intrauterina), con todo lo que esto significa para sus cinco sentidos, y para esa sensibilidad tan espectacular a que hacíamos referencia. En pocas palabras, en los dos primeros años el bebé incorpora lo fundamental de su ser, aquello sobre lo que estructurará todo su devenir, y allí el padre debe estar presente, porque su hijo necesita su aporte y para que él mismo no se pierda esa maravillosa e irrepetible etapa de su hijo.

Comencemos por el principio: durante el embarazo
El padre está presente en el vientre materno, en cada célula del nuevo ser. En la íntima y constante colaboración que se produce entre el aporte celular de la madre y el del padre se va produciendo la evolución que convertirá al cigoto en embrión y a éste en feto. Ese juego bipolar entre el aporte paterno y materno es lo que hace posible la vida del niño.

Esta presencia y colaboración del padre dentro del útero debe tener su correlato fuera, donde debe proteger a la madre y garantizar que tenga todo lo necesario para que el embarazo transcurra de la mejor manera posible. Todos sabemos que en esta etapa los trastornos alimentarios, nerviosos o de cualquier tipo repercuten de manera directa y amplificada en la vida del feto.

El futuro papá debe saber que a medida que el nuevo ser evoluciona comienza a tener sus sentidos en condiciones de recibir señales del exterior, y que a partir de un momento concreto ya puede empezar a comunicarse con él. No está en otro mundo, ni en otra dimensión, esta ahí, a pocos centímetros y siente todo lo que pasa fuera. En el quinto mes, él ya se mueve y reacciona a los movimientos de la madre, puede oír y comienza a tener reacciones táctiles. En el sexto mes comienzan sus primeras experiencias a nivel de olfato y gusto. Por supuesto, el más solicitado de todos los sentidos es el auditivo, ya que a sus pequeños oídos llega todo lo que pasa en su exterior, al principio no con mucha claridad, pero cada día con mayor nitidez. Los investigadores plantean que el aprendizaje del lenguaje lo podemos ubicar desde el séptimo mes de vida del feto, siempre y cuando haya alguien que le hable. Dominique Simonnet nos dice que las voces exteriores y especialmente la masculina y familiar de su padre, le llegan con total nitidez. En el séptimo mes las conexiones del cerebro se establecen a toda velocidad, ya está casi listo para nacer y su comunicación con el entorno es permanente y a través de diversos sentidos.

Resumiendo, el lugar del padre está:
Dentro del vientre, en cada célula.
En el exterior, cuidando que nada afecte negativamente a la madre.

De afuera hacia adentro, hablando al bebé, acariciándole, haciéndole escuchar música, a fin de establecer la comunicación y la relación que el bebé necesita para continuar su evolución al acelerado ritmo con que ha comenzado.
El padre en esta etapa puede elegir estar presente o no, todo depende de si desea formar parte de las matrices fundamentales de su hijo o prefiere ser sólo un familiar más cercano que otros, pero extraño a sus fibras más íntimas.

Cuando el bebé nace
Después del parto se produce un gran cambio en la situación, sobre todo para los padres que ahora ven a su hijo, lo pueden tocar, lo sienten llorar, lo alimentan y comienzan una comunicación más directa con él. El recién llegado, rápidamente se pone en contacto a través de todos sus sentidos. Ahora, tal vez es la mirada el órgano que prevalece: el bebé mira y mira a los ojos. Observa a la madre, al padre y cada cosa que hay a su alrededor, sobre todo si se mueve. También escucha, toca, siente frío, calor, dolor, suavidad, asperezas, agarra, chupa, sonríe. Todo eso en segundos, minutos, días.

Si los bebés duermen tanto es porque la gran actividad que llevan a cabo necesita mucho tiempo de reposo físico, aunque la actividad cerebral y biológica continúe trabajando sin pausa, organizado y clasificando todo lo que han captando los sentidos. Y mientras su cuerpo termina los últimos ajustes y detalles de cada uno de sus órganos y funciones, todo el organismo se pone a punto para su perfecto funcionamiento siguiendo los mandatos que papá y mamá le han dado a través de sus genes, pero interactuando con el medio de manera creciente.

El niño también come, y vaya si come. Son momentos muy especiales del día. No solamente por el alimento, sino sobre todo por el contacto. Todos los sentidos acuden a la fiesta, la mirada se fija en la mirada de su madre, el oído presto a todo lo que ella diga, el tacto, con sus manitas recorriendo el pecho o llegando a aventurarse hasta el rostro materno, sintiendo su calor, su suavidad, saboreando el gusto de la leche y de la piel de la mamá, iniciando la imitación de sus gestos, etc. Este intercambio, esta interacción, es tan o más importante que el propio alimento. Y aquí queríamos llegar. Cierto es que el padre no puede amamantar a su hijo, pero si puede hacer todo el resto de cosas que constituyen las actividades esenciales para el crecimiento del bebé. El padre puede incluso alimentar a su bebe con un biberón. Pero no seamos rebuscados, la ocasión de relacionarse e interactuar con el bebé se da en todo momento, cuando éste se despierta, al cambiarlo, al bañarlo, al jugar con él en la cama: en pocas palabras, participando plenamente de su vida.

El padre y la madre tienen que repartirse todas las tareas de la vida en común, y aquí no queremos decir que el padre tenga que hacer las compras y limpiar la casa mientras la madre se hace cargo del bebé: ambos deben hacerse cargo del bebé y de las otras actividades hogareñas y laborales. El padre no debe alejarse ni dejarse alejar de todo lo que es tan importante para su hijo en esos momentos. El ritmo de maduración, aprendizaje, adaptación, imitación e iniciación de los lenguajes (no sólo el verbal), jamás en la vida será tan intenso como en estos primeros meses de vida. Es importante no perderse estos momentos.

El bebé aprende de su entorno: si el entorno que le rodea es pobre en estímulos sus sentidos no tendrán con qué ejercitarse, ni mucha materia prima para enviar a sus nacientes estructuras afectivas, cognitivas, etc. El contacto humano y el contacto físico es esencial. Y por supuesto, no es igual que esté sólo la madre, a que esté la madre y el padre. Porque no es lo mismo una voz que dos voces, una piel que dos pieles, una manera de ser que dos. Todo esto enriquece las primeras sensaciones del nuevo ser, las duplica para ser exactos, a lo que se suma el intercambio entre ambos padres y la riqueza que significa para el niño observar las diferencias, los matices, las similitudes. Apreciar las diferencias entre las personas que tiene cerca es también conocimiento y experiencia: de hecho fue esa bipolaridad que lo gestó, y él es el resultado, las síntesis, de las diferencias entre su padre y su madre, entre el espermatozoide y el óvulo, entre los cromosomas masculinos y femeninos. Gracias a estas diferencias y a esta bipolaridad el nuevo bebé vino al mundo y hay que continuar con esta presencia doble, con estas dos voces, dos pieles, dos miradas, dos personalidades, dos historias. Negarle cualquiera de las dos es quitarle mucho mas que la mitad de su ser y de su devenir.

Los hombres no saben
Algunos padres dirán: "Pero yo no puedo, no sé tener al bebé, lavarlo, cambiarlo, tranquilizarlo". De hecho nadie sabe sin que algún bebé se lo haya enseñado. Además, ahora hay cursos para padres en los hospitales y en las maternidades, así como abundante material bibliográfico y de divulgación e incluso innumerables sitios en Internet donde explican detalladamente todo lo relativo a la crianza de los niños. Esto, sumado a la buena voluntad, al sentido común y a la experiencia concreta no deja margen para grandes errores. Por supuesto que unos lo harán con mayor habilidad que otros, en algunas actividades serán más aptos que en otras, pero sumando sus esfuerzos a los de la madre cubrirán la totalidad de las necesidades del chico. Se pueden repartir responsabilidades según las preferencias de cada uno, sin que ello signifique que uno se haga cargo del bebé y otro de la casa: uno puede escoger bañarlo, hacerle el biberón y cambiarlo, mientras que el otro prefiera darle de comer, sacarlo a pasear y dormirlo. El bebé necesita a ambos progenitores a su lado para lograr un óptimo desarrollo físico, afectivo e intelectual.

Querer significa conocer
No se puede querer si no se conoce. A un bebé no se lo conoce si no se le ha tenido en brazos, si no se le ha cambiado, bañado, si no se ha jugado con él a esos infinitos juegos que provocan risas, grititos y balbuceos. Estas son las "experiencias" del niño, su vida está constituida por esas actividades alimenticias, higiénicas, lúdicas, actividades que, aunque parezcan trivialidades, le permiten aprender a ser uno más de nosotros y a la vez alguien individual y diferente a todos. No sólo aprende a hablar y a caminar erguido, también está echando las raíces de su personalidad. Por eso el padre debe estar cerca de su bebé, ya que así nacerá entre ambos una relación que será indestructible.


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